...¿Qué hacer cuando las palabras inundan los pensamientos? ¿cuando las letras se pierden juntas?...Yo decidí fabricarles un espacio finito, y atacar los dolores que me causan con una común medicina...lugar al que pueden acceder...medicina que les invito a compartir... Bienvenidos

Acerca de mí

chico weirdo, con un carácter en franca y permanente mutación, hiper y autocrítico; visionario, que se debate entre su alter-ego estoico y su alter-ego visceral...

sábado, agosto 18, 2007

El Microcosmos De Los Bolsillos

En www.faceyourpockets.com aguarda por más colaboraciones -ya lleva cerca de 130- el proyecto artístico de Face Your Pockets. En inglés o en ruso, los organizadores te explican que se trata de que vacíes sobre la plataforma sensible de un escáner lo que lleves en tus bolsillos, lo organices allí como quieras, pongas tu cara y te hagas escanear rodeado de esas cosas. Luego, pasas la imagen a un computador y la envías por correo electrónico a su galería colectiva, por faceyourpockets@gmail.com. Dice el website: "Hay cosas viviendo en los bolsillos de tu bolso, tu jean, tu chaqueta: cheques, un viejo paquete de cigarrillos que luce interesante, terrones de azúcar o todo lo que encuentra un hogar allí. Todos ellos son tesoros que este proyecto está buscando. Nuestra meta no es sólo traer esos objetos a la luz sino también mostrar a quien los posee". Los resultados expuestos son fascinantes, tanto por su belleza visual como por su diversidad humana. En la número 17, una joven rusa mira a la luz a través de un rollo de tape (teipe) blanco, rodeada por un mar de bolígrafos, chicles y un par de agudas tijeras. En la 61, un artista rubio cierra los ojos entre un haz de pinceles y el deliberado desorden de la foto hecha pedazos de una mujer boquiabierta. Y la 52 fué mucho más allá: se muestra a una chica atónita detrás de un snorkel, ahogada en el torrente de sus cabellos castaños.

Al margen de que uno cuente con el talento, la tecnología o la disposición de postularse para la exhibición, gratis, abierta allí en la Red, esa idea (tan ingeniosa a mi parecer) me hace pensar en esa especie de sistema solar de coroticos que orbita siempre a nuestro alrededor. Mete las manos en tus bolsillos, o vacía el bolso y encontrarás de seguro el celular (que dice mucho de tí), las llaves, un recibo arrugado de cajero automático, un caramelo con el papel pegado, la mitad de un ticket de cine, un volante de algún curso estúpido, las monedas que necesitaste esta mañana, la goma espuma del audífono... los rastros de tu vida cotidiana, que vas dejando como Hansel y Gretel entyre los asientos del carro, en el escritorio de la oficina, en el rincón del cuarto donde te desvistes.

Todos hablan de tus más recientes elecciones, de tu idea acerca de lo que necesitas llevar contigo para enfrentarte al exterior, de tu caja de herramientas para conducirte por el mundo. Es curioso cómo pensamos sólo en los objetos más vistosos, con los que queremos concentrar toda la atención de los demás en torno a nosotros mismos: los carros, la ropa, el perfume. Ese montón de cosas con las que constantemente cubrimos o acompañamos nuestra entidad física desnuda, con la que intervenimos esta obra de Dios, de la alimentación, de nuestros hábitos y nuestras compulsiones que son nuestros cuerpos. Pero poco nos fijamos en los pequeños restos tangibles de las decisiones que tomamos, que son mucho más francos acerca del modo en que vivimos que una camisa de marca o un i-Pod.

Los detectives y los arqueólogos son gente entrenada para leer las vidas ocultas tras los objetos que dejaron nuestros antepasados, nosotros podemos hacer ese ejercicio en vivo, esa anatomía del individualismo que constituye la revisión desinhibida, con ojos nuevos, del microcosmos de nuestros bolsillos. Como un juego: Adivine quién soy. Mire ese par de escandalosos zarcillos junto a ese collar de falsas perlas y ese aguzado pin de "perdí peso, no sabes como" e imagine a la mujer que los usa. Observe esos cartuchos de gameboy, esos restos de chucherías y ese circular de la escuela que el padre destinatario jamás recibió y piense en el preadolescente responsable. ¿Qué llevarán en los bolsillos las supermodelos, los magnates, los sicarios o los policías? ¿Qué saldría del bolso de Hillary Clinton o del de Isabel Allende, o de la guayabera de Hugo Chávez o de los del chef Angel Lozano?

Qué tristeza que seamos igualitos a los faraones o los vikingos, que partían a la muerte en tumbas amobladas. Como si fuéramos vitrinas, y no personas. Como si los asuntos verdaderamente importantes dependieran de un perolito made in China que se nos ha vendido al triple de su valor.

jueves, agosto 09, 2007

Un Hada En La Ciudad

Desde hace varios años transito cada tarde un trozo de la ciudad que me permite volver a casa o continuar hacia cualquier destino que espere por mí para cumplir con los compromisos trazados para finalizar mi día. Cada tarde, de Lunes a Viernes, me despido de la facultad en la que estudio, y me reencuentro con la vía que habitualmente me lleva al destino, justo cuando la rutina me toma con el ánimo de retorno. La vía transitada me resulta tan familiar, y yo soy tan imprudente y optimista por lo general, que mientras el tráfico avanza aletargado, me sumerjo a la brevedad en mi burbuja de referencias y referentes íntimos. Atiendo los asuntos que por voluntad propia he decidido me interesan y me conciernen. Chequeo mensajes del teléfono móvil, trato de apurarme para no ir de pie en el transporte, le escribo a amigos, coloco en mis oídos los audífonos del reproductor mp·, y así me aíslo... Y de vez en cuando, sólo de vez en cuando, me asomo al mundo exterior para chequear cómo van las cosas en las inmediaciones de mi impermeable firmamento personal.

Los vehículos que cercan la libertad del que ocupo parecen multiplicarse como espejismos de una dimensión superpoblada. El ruido infinito y vacío de la calle se reitera tenaz e impertinente, el mural que me saluda desde el camino repite una y otra vez su estúpido (y falso) mensaje político, y entre bocanada y bocanada de irresistible aire tóxico y caluroso, logro divisar los rostros de algunos personajes que suelen estar allí, presentes en el paisaje, que por comodidad contemplo como parte del escenario de algún videojuego de última generación. Nunca le compro obleas a esa señora -¡qué horror!- pienso, y mientras tanto no dejo de echar vistazos a lo que ofrece. Varios telefonistas y hasta un pequeño tarantín acechan desde los lados del camino. Justo debajo del puente. Justo donde el aire parece más espeso. Justo donde el embotellamiento se hace rutina y vida todos los días.

Lo curioso es que de los varios hombres y mujeres que habitan el citado fragmento de vía se confunden en mi recuerdo. Sin embargo, quisquillosa y selectiva, mi memoria divisa con claridad y detalle a la mujer que con timidez ocupa junto a su hija, la isla central de ese camino semaforizado que cada tarde me guía cuando el regreso marca la meta. Lejana, joven y delgada, ésta mujer reúne dinero en un roído y blancuzco recipiente plástico, no se inquieta nunca y sólo se mueve lo necesario. Siempre lleva en brazos a una pequeña que ha crecido entre gestos indiferentes y de repulsión, ruidos de cornetas y personas al volante de una ciudad que vive cada vez más estresada por la dictadura del hacinamiento y la falta de tiempo. He visto crecer a esa pequeña que a veces tiene la mirada perdida en el infinito y que otras tantas sencilamente duerme en el regazo de su madre.

Esta mujer que me encuentro a diario en el camino nunca me ha dirigido la palabra, pero siempre que paso por esa intersección en la que ella aguarda alguna compasiva contribución monetaria, noto su apacible-aunque jamás resignada- presencia. La diviso desde la transparencia de la ventanilla y ella a mí desde la monotonía de su intemperie. A veces pienso que debo parecerle un chico afortunado, y sólo la idea me estremece el pecho y me ablanda la terquedad con la que vivo exiliado en mi autoproclamada y caprichosa pseudo-felicidad. Ella es joven y discreta, y aunque no se ve exultante tampoco luce abatida por los terribles vicios de la autocompasión. La niña que le acompaña casi siempre descansa en su regazo. ¡Qué suerte tiene! pienso cuando les veo a ambas tan apacibles, disfrutando y defendiendo ese nexo de amor tan fuerte...Nexo que jamás lograré sentir, no a plenitud...

Mi ruta y el destino de esa chica se cruzan gracias a la generosidad del camino. Entre ambos existe, de hecho, una silente y misteriosa complicidad. Siempre nos vemos, a veces ni lo notamos, y otras tantas, con desconfianza y recelo incluso, nos reconocemos. Sin el menor deseo de juzgarle, me pregunto si ella siente también la fatiga que de a ratos logra nublarme la esperanza, me pregunto si se sentirá dichosa otras veces,y si como yo, tiene fe en la vida casi siempre. Reconozco que al verle me vence la ternura. Claro, mirar bonito desde la "comodidad" de un auto debe ser fácil, y debe ser natural mirar sin ver para quien pide dinero con su hija en brazos en medio de una transitada avenida repleta de historias que van y vienen. Quién sabe, a lo mejor la burbuja que ella habita sea aún menos permeable que la mía.

Ambos somos víctimas de la contaminación ambiental, los falsos paradigmas, el desencanto y el desacato. Sin embargo, la otra tarde, mientras me sumía en las abstracciones dialécticas que suelen salvar mi vida, noté que aquella mujer aparentemente desamparada, había teñido su cabello de rojo cobrizo, y llevaba las uñas de sus pies matizadas de azul celeste. Imaginarla reina de una realidad paralela me encanta. De hecho, sospechar que cada mujer tiene derecho a un instante de ilusión y vanidad me resulta fascinante y me reconcilia con una antigua e ingenua creencia: Sin excepción, todas las mujeres, merecen ser niñas para siempre...

No cabe duda: la mujer que a veces observo al pasar por esa calle cada tarde de regreso a casa es un hada en la ciudad. Y yo, el hombre que escoge salvarse de la indolencia y la tristeza entendiendo cada historia de una forma caprichosa, también soy una suerte de ser mágico lleno de esperanzas...


(CT)