...¿Qué hacer cuando las palabras inundan los pensamientos? ¿cuando las letras se pierden juntas?...Yo decidí fabricarles un espacio finito, y atacar los dolores que me causan con una común medicina...lugar al que pueden acceder...medicina que les invito a compartir... Bienvenidos

Acerca de mí

chico weirdo, con un carácter en franca y permanente mutación, hiper y autocrítico; visionario, que se debate entre su alter-ego estoico y su alter-ego visceral...

viernes, diciembre 28, 2007

Sólo Soy Un Tipo

Sólo soy un tipo, no me pidan mucho, pues no puedo dar más de lo que doy... quizá si pueda, pero sólo soy un tipo... y me gusta serlo. Me gusta ser la clase de tipo que soy, me gusta errar porque soy un tipo, y los tipos nos equivocamos... De vez en cuando salgo de mi pseudo intelectualidad para ser un pana superficial, y no me importa porque soy un tipo...

Me gusta discutir, me gusta pelear no sólo contigo, sino conmigo, porque sólo soy un tipo y las mejores respuestas las obtengo de mí, no de tí... Y sigo siendo un tipo...quizá no tu tipo...ni de el tipo de nadie, pero eso es muy válido, ustedes como tipos sabrán qué clases de tipos prefieren...

Sólo soy un tipo...siento, canto, lloro, dificilmente me enamoro porque no soy de esa clase de tipo, pero soy un tipo y es fino serlo. Sólo soy un tipo, ¿que miente?...quizá, pero muchísimas veces digo la verdad, es que me comporto a veces como un tipito, y así somos caray!...


Soy un tipo feliz, soy un tipo triste, soy un tipo con hambre, soy un tipo con sueños. Soy un tipo diferente pero igual a otros tipos...soy un tipo de vez en cuando vegetariano y otras veces carnívoro, soy un tipo que defiende lo que cree si no tiene flojera...

Soy un tipo con drogas, sin drogas también sería un tipo...Nada te quita lo tipo, seas como seas eres un tipo...Pero estoy hablando de mi tipo, del tipo que soy...no del tipo que seré y que aún no es... y no sé porque sólo soy un tipo más de este planeta lleno de tipos, que nos enfrentamos a diario en una gran guerra de tipos...nos hacemos los indefensos, las víctimas, cuando sólo somos unos tipos tratando de sobrevivir a otros tipos...

Sigo siendo un tipo, un tipo incoherente, un tipo que no le importa si leen o no esto, un tipo que no le molestaría si lo critican porque siempre lo han hecho... Soy un tipo que cree en pocos...y es fino creer en pocos, porque soy un tipo que cree que creer en algo es bueno, y como tipo tengo mis creencias...

Soy un tipo suicida, lo he pensado, no lo he hecho, y es que soy un tipo que le da miedo morir...Ahora soy un tipo con sueño, y cuando hay sueño este tipo dice adiós...quizá no terminé la idea...pero soy así...un tipo inconstante...un tipo no terminador de ideas...pero tipo al fin...

Y tal vez no les guste, pero soy un tipo... y gracias a eso no soy perfecto....Sólo soy un tipo...Éste tipo...

miércoles, diciembre 05, 2007

LA NOCHE DE LOS FEOS

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Tú tienes un pómulo hundido. Desde los ocho años. Cuando te hicieron la operación. Mi asquerosa marca en la barbilla viene de un accidente feroz, caída ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los tuyos comos los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con la que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos con simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos –de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo tú y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de tu pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi barbilla encogida. No te sonrojaste. Me gustó esa dureza, que devolvieras mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja cicatriz.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. No podías mirarme, pero yo, aún en la penumbra, podía distinguir tu nuca de cabellos castaños, tu oreja fresca bien formada. Era la oreja de tu lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

Te esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ti, y luego te hablé. Al detenerte y mirarme, tuve la impresión que habías vacilado. Te invité a que habláramos un rato en algún café o confitería. De pronto aceptaste.




La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez no era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno o una de esos bien parecidos con quien merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y tuviste coraje (eso también me gustó) de arreglarte el cabello. Tu lindo pelo.
- “¿Qué está pasando?”, pregunté.
Dejaste de arreglarlo y sonreíste. El pozo de tu mejilla cambió de forma.
- “Un lugar común”, dijiste. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la larga permanencia. De pronto noté que tanto tú como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
- “Tú te sientes fuera de lugar siempre, ¿verdad?”
- “Sí”, dijiste, todavía mirándome.
- “Tú admiras a los hermosos, a los normales. Quisieras tener un rostro tan equilibrado como aquel chico de la derecha, a pesar que eres inteligente, y él, a juzgar por su risita, irremisiblemente estúpido”.
- “Sí”
Por primera vez no pudiste sostener mi mirada.
- “Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabes?, de que tú y yo lleguemos a algo”.
- “¿Algo cómo qué?”.
- “Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámale como quieras, pero hay una posibilidad”.
Frunciste el ceño. No querías concebir esperanzas.
- “Prométeme no tomarme como chiflado”.
- “Prometido”.
- “La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiendes?”.
- “No”.
- “¡Tienes que entenderme! Lo oscuro total. Donde no me veas, donde no te vea. Tu cuerpo es lindo. ¿no lo sabías?”.
Te sonrojaste, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata. “Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca”.
Levantaste la cabeza y ahora sí me miraste preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
- “Vamos”. Dijiste.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado respirabas. Y no era una respiración afanosa. No quisiste que ayudara a desvestirte.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que estabas inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta encontrar tu cuello. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi tu pecho, tu sexo. Tus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarte) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta tu rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad, mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos), pasaron muchas veces sobre tus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, tu mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

ESTA BOCA ES MÍA

Si son los ojos ventana del alma, la boca es puerta al placer. El pez muere por la boca, boca hay una sola, en boca cerrada no entran moscas y, no en vano, se dice que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que explica. El del deseo es un sendero plagado de gestos insatisfechos y palabras truncadas. La boca desdice y dice placeres todo el tiempo, aunque se mantenga sellada con bozales y mordazas. Casi a diario me cuestiono, en silencio, asuntos que no replico en voz alta por no perder el rictus indómito que adopto cuando dudo sin separar los labios de mi boca. Casi a diario me interrogo a mí mismo desde el más absoluto silencio, porque intuyo la falta de respuestas a mis diletantes interrogantes, y para no pronunciar palabras que puedan encadenarme a mis ideas, casi siempre divagantes, repentinas, fugaces.

Me valgo del silencio que nos hermana justo ahora, para preguntarte: ¿Cuántas veces has caído en los tentáculos del placer sin ser necesariamente feliz? ¿Has cedido tu poder por pretender la quimera de algún anhelo intangible? ¿Cuántas veces has deseado tener otra boca o ser dueño de la boca que deseas para ser otra persona?... Si los ojos son armas del alma, la boca es, definitivamente, la cueva que nos conduce al fondo de un oscuro tragadero de misterios. Mi boca es mía. Es diva en mi rostro. Es salvoconducto al cielo y pasaporte al infierno. Mi boca es mía y si bien no siempre puedo usarla para decir lo que pienso o para pedir lo que quiero, ella es cómplice de mis silencios y la aliada más resteada con la que cuentan mis enigmas y mis secretos.

Cuando apuestas a que tus labios se atrevan a decir a quien amas unas acertadas palabras, te apuntas un diez en romanticismo y sensualidad. Con la boca te puedes jugar todas las cartas que llevas bajo la manga, con la intención de reivindicar las ideas y opiniones para potenciar el camino hacia el éxito y la sofisticación. Con labios entrenados puedes inundar a alguien de besos que se atreverán a dejar huellas sin vergüenza alguna. El respeto sólo puedes ganártelo cuando aprendes a abrir la boca y decir con maestría lo que piensas y cuando te atreves a pensar con obcecada independencia. Una boca educada sólo disfruta el silencio cuando aguarda el instante perfecto para dar el contraataque, y jamás calla por lacaya subordinación.

Apasionados y perfectos, carnosos e ineludibles, unos labios sanos y abultados sólo pueden ser expresión de una mente luminosa, ambiciosa, y a todas luces, elegante.

Nadie merece vivir con miedo, pero este ser –lúcido, lucido e impecable- que trata de reinar su realidad día a día, sólo puede permitirse el silencio como una elección deliberada. Mi boca es mía, y mientras mi imaginación y mi mente estén llenas de candor, ilusiones y sueños, mi boca será el gesto que elijo para reivindicar mi autonomía. Esta boca es mía y míos serán hasta que la muerte nos separe, los besos que nazcan de ellas y los pensamientos que le den sentido a mi razón de ser.